Esclerosis Múltiple 

La esclerosis múltiple (EM) es una enfermedad del sistema nervioso central (SNC) en el que se diferencian dos partes principales: cerebro y médula espinal. Envolviendo y protegiendo las fibras nerviosas del SNC existe un material compuesto por proteínas y grasas llamado mielina que facilita la conducción de los impulsos eléctricos entre las fibras nerviosas.

En la EM la mielina se pierde en múltiples áreas dejando en ocasiones, cicatrices (esclerosis). Estas áreas lesionadas se conocen también con el nombre de placas de desmielinización.

La mielina no solamente protege las fibras nerviosas si no que también facilita su función. Si la mielina se destruye o se lesiona, la habilidad de los nervios para conducir impulsos eléctricos desde y al cerebro se interrumpe y este hecho produce la aparición de síntomas. Afortunadamente la lesión de la mielina es reversible en muchas ocasiones.

Existen varias formas de evolución de la esclerosis múltiple:

  • Forma remitente-recurrente (EMRR). Es el tipo más frecuente y afecta a más del 80% de las personas con EM. En las fases iniciales puede no haber síntomas, a veces incluso durante varios años. Sin embargo, las lesiones inflamatorias en el SNC ya se están produciendo, aunque no lleguen a dar lugar a síntomas. Los brotes son imprevisibles y pueden aparecer síntomas en cualquier momento -nuevos o ya conocidos- que duran algunos días o semanas y luego desaparecen de nuevo. Entre las recidivas no parece haber progresión de la EM.
  • Forma progresiva secundaria (EMSP). Cuando el grado de discapacidad persiste y/o empeora entre brotes, se considera que estamos ante una EM de tipo secundaria progresiva. Puede aparecer después de una fase recurrente-remitente del proceso y se considera una forma avanzada de la EM. Entre un 30 y un 50% de los pacientes que sufren inicialmente la forma recurrente-remitente de la EM, desarrollan la forma secundaria progresiva. Esto se da tras un período de tiempo que depende de la edad de inicio y que suele ocurrir entre los 35 y los 45 años. La EMSP se caracteriza por una progresión continua con o sin recidivas ocasionales, remisiones poco importantes y fases de estabilidad.
  • Forma progresiva primaria (EMPP). Es menos frecuente y sólo afecta al 10% de todos los pacientes con EM. Se caracteriza por la ausencia de brotes definidos, pero hay un comienzo lento y un empeoramiento constante de los síntomas sin un periodo intermedio de remisión. No hay episodios tipo recidiva, ni periodos de remisión, sólo fases de estabilidad ocasionales y mejorías pasajeras poco importantes.
  • Forma progresiva recidivante (EMPR). Es una forma atípica, en la que hay progresión desde el comienzo, pero a diferencia de los pacientes con EMPP, éstos muestran brotes agudos claros, con o sin recuperación completa. Los períodos entre brotes se caracterizan por una progresión continua.

Existe otra forma sobre cuya existencia real hay gran controversia, la Esclerosis Múltiple benigna: se caracteriza, como su nombre indica, por tener tan solo una recidiva inicial y, posiblemente, solo un brote adicional y una recuperación completa entre estos episodios. Pueden transcurrir hasta 20 años hasta que se produzca una segunda recidiva, por lo que el proceso únicamente progresa de forma limitada. La EM benigna sólo se puede identificar como tal en aquellos casos inicialmente clasificados como EM recurrente-remitente, cuando a los diez o quince años del comienzo de la enfermedad, la discapacidad es mínima. La controversia mencionada más arriba se refiere al hecho de que, aunque de manera dilatada en el tiempo, la mayoría de los pacientes acaban progresando y experimentan deterioro cognitivo. Aproximadamente el 15% de los casos clínicamente diagnosticados de EM.

¿Qué síntomas prevalecen?

Los síntomas presentes en la EM dependerán  de las áreas afectadas del SNC, pudiendo variar de una persona a otra, dentro de la misma persona y según el momento tanto en número de síntomas, como en gravedad y duración. Una persona con EM experimenta por lo general más de un síntoma, pero no todas las personas afectadas experimentan todos los síntomas existentes.

Los síntomas más frecuentes son:

Fatiga: normalmente de tipo general y debilitante, que no puede preverse y/o es excesiva en relación a la actividad.

Trastornos visuales como: visión borrosa, doble, neuritis, movimientos oculares rápidos o involuntarios, o pérdida total de visión (poco frecuente).

Problemas motores, de equilibrio y coordinación: problemas de movilidad, pérdida del equilibrio, temblores, ataxia, vértigos y mareos, torpeza en una de las extremidades, falta de coordinación y debilidad que puede afectar, en concreto, a las piernas y el caminar.

Espasticidad: contracciones involuntarios y rigidez

Alteraciones de sensibilidad: cosquilleo, entumecimiento (parestesia) o sensación de quemazón, dolor muscular y otros asociados (dolor facial, por ejemplo), sensibilidad al calor –ante una elevación de la temperatura, se da un empeoramiento pasajero de los síntomas- y otras sensaciones no definibles.

Trastornos del habla: habla lenta, palabras arrastradas, cambios en el ritmo del habla.

Problemas de vejiga e intestinales: micciones frecuentes y/o frecuentes, vaciamiento incompleto o en momentos inadecuados, estreñimiento, falta de control de esfínteres (poco frecuente).

Problemas de sexualidad e intimidad: Impotencia, descenso de la excitación y pérdida de sensación.

Trastornos cognitivos y emocionales: problemas de memoria a corto plazo, trastornos de la concentración, discernimiento y/o razonamiento, alteraciones del estado del ánimo.

¿Qué tratamientos existen?

Existen diversos tratamientos con los que intervenir en la EM, según el foco de atención en el que nos centremos.

Tratamientos modificadores de la enfermedad: Tienen carácter preventivo y persiguen reducir la frecuencia e intensidad de los brotes, prevenir que surjan nuevas lesiones, así como retrasar y reducir las discapacidades adquiridas. No obstante, hay que tener en cuenta que  pueden darse efectos secundarios y no hay manera de saber con precisión cuál va a ser la reacción al tratamiento de cada persona; además este tipo de tratamientos no reducirá los síntomas ni la discapacidad originada por recaídas anteriores.

Tratamientos sintomáticos: indicen sobre los síntomas particulares de cada afectado de EM. Algunos ejemplos son: Amantadina para la fatiga, Diazepam para la espasticidad, Carbamacepina para el dolor neuropático, etc.

Tratamiento del brote: Los síntomas del brote son la manifestación de una o varias lesiones producto de un proceso inflamatorio en el SNC, motivo por el cual su tratamiento se focaliza en controlar este proceso inflamatorio con corticoides sobre todo.

Tratamientos rehabilitadores: Una intervención rehabilitadora multidisciplinar adaptada al momento evolutivo y a las características de cada afectado, puede mejorar notablemente la calidad de vida de los afectados. Trabajando para ello desde las áreas de fisioterapia, psicología/neuropsicología, terapia ocupacional, logopedia,  trabajo social y enfermería.

 

 

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